Los recuerdos son el diario de nuestra vida.

Deben cultivarse lentamente, con delicadeza y con una curiosidad inagotable.

el valor de la memoria
Los recuerdos son nuestro diario. Nos ayudan a definir nuestra identidad a lo largo del tiempo; son el cauce por donde fluyen las aguas de la vida, y en su recorrido siembran emociones. Olores, perfumes, palabras, sensaciones, gestos: todo nos transporta al pasado, y la memoria, a su vez, traza el camino hacia el futuro.
No te dejes engañar por quienes intentan alejarte del pasado, con sus luces y sombras, y permítete, en cambio, la agradable pausa para revivirlo. Sin remordimientos innecesarios, sin caer en la banal observación del paso del tiempo, sin mirar siempre hacia atrás. Cultiva los recuerdos de forma natural, sin desperdiciarlos, por el simple placer de hacerlo.
Hay algo mágico en la memoria, sin duda. En el verdadero sentido de un hechizo que, si podemos saborearlo, trae serenidad, alegría y una dulce melancolía. En esta era actual, para todo y para todos, cultivar recuerdos ciertamente no es fácil. Uno incluso corre el riesgo de sentirse excluido y marginado por la larga ola de apresurarse, de un tiempo que hay que aprovechar al vuelo, sin profundidad, sin importar el pasado y por tanto sin impulso hacia el futuro.
Todos podemos recordar. Todos tenemos cosas que recordar. Todos estamos imbuidos de una memoria que envuelve nuestra existencia. Quizás te preguntes: pero hay recuerdos tristes, incluso muy tristes. ¿Qué hacemos? ¿Los borramos? Sería ideal, pero esa no sería la vida. En cambio, intentemos suavizarlos con el fluir del tiempo y, en este caso, sanar las heridas del dolor y mantener viva la memoria, por ejemplo, de los seres queridos que nos han dejado, mediante el recuerdo activo. Como si aún estuvieran entre nosotros, como si pudiéramos hablarles y tener la oportunidad de conectar con ellos: según la ley del encantamiento de la memoria, precisamente. Marcel Proust, quizás el mayor narrador de la memoria, escribió: «Lo que llamamos recuerdos no son más que huellas dejadas por el tiempo en el corazón».

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Finalmente, no subestimes que esta magia encierra un valioso antídoto contra la soledad . La memoria es narración, una historia compartida con otros (quienes a su vez tienen recuerdos e historias que contar), y por lo tanto ejerce un poderoso efecto sobre la soledad. La memoria es historia —individual, familiar y colectiva—, pero en este regreso a nuestras raíces reside el secreto de su poder, que nos impulsa, positivamente, hacia el futuro. El gran Gabriel García Márquez escribió: «La vida no es lo que se vive, sino lo que se recuerda y cómo se recuerda para poder contarlo». Desperdiciar la memoria, borrarla de nuestro horizonte, es como desperdiciar un pedazo de nuestra vida.

Como todas las cosas preciosas que forman parte de nuestro jardín existencial, los recuerdos también deben cultivarse. ¿Cómo? Con estabilidadcuriosidad y también con el deseo para rastrear los hilos de nuestra memoriaBuenas razones, por ejemplo, para conservar objetos, fotografías, cartas, que pertenecen a momentos específicos de nuestras vidas. Son recuerdos que no deberíamos enterrar entre las muchas cosas inútiles que guardamos en casa, sino tenerlos siempre listos para resurgir. Demos espacio a la materialidad de la memoria y no la encerremos en los confines de internet. Mimemos a los abuelos y a las personas mayores, escuchemos sus historias, hagamos preguntas, escuchemos, sin preocuparnos por perder el tiempo. Escapémonos de la trampa de... presentismoEl tiempo es lineal; tiene un antes, un durante y un después. Y no es circular, envuelto en un presente eterno. Ser consciente de esta dimensión natural del tiempo significa dar el primer, pero decisivo, paso en el camino que conduce al placer de los recuerdos.

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