Colillas de cigarrillos en la calle, degradación y vergüenza

Un lector responde a la invitación del Corriere della Sera con la iniciativa del Manifiesto por Milán. Estimado editor: Me gustaría ser un ciudadano proactivo y sumarme al Manifiesto por Milán, empezando por cosas pequeñas. Primero: evitar tirar basura, […]

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Un lector responde a la invitación lanzada por el Corriere con la iniciativa Manifiesto para Milán

Estimado Director, me gustaría ser un ciudadano proactivo y adherirme al Manifiesto de Milán, empezando por cosas pequeñas. Primero: evitar tirar basura, papeles y colillas en la calle. Es una muestra de civismo.
Como ciudadano, siento vergüenza por la degradación en la que se ha dejado caer Milán, y creo que ciertas cosas podrían evitarse, empezando por nosotros mismos, para revertir la tendencia hacia la barbarie. Mis diez mandamientos son sencillos y prácticos. Aquí están.
Evite estacionarse en las aceras y en zonas restringidas. Evite hacer ruido innecesario por la noche. Ayude a las personas dependientes a cruzar la calle. Recoja siempre los excrementos de su perro. Sea cortés y respetuoso con los demás pasajeros del transporte público, cediendo su asiento a las personas mayores y con discapacidad, y no tire basura en la acera. Dicho esto, la cooperación de todos es esencial. Los conserjes deben limpiar las aceras adyacentes a los edificios que supervisan. Los ciclistas y motociclistas deben respetar los semáforos y las marcas viales, y evitar circular por las aceras.
Los funcionarios públicos deben respetar su horario laboral, desempeñar sus funciones con diligencia y, en contacto con el público, comportarse con cortesía y respeto. Los directivos también deben respetar a sus compañeros y evitar abusar de su autoridad. Todos los involucrados en el funcionamiento de la ciudad, desde los servicios hasta el transporte, deben ser conscientes de que están constantemente bajo la lupa de los ciudadanos, quienes pagan impuestos y financian su trabajo. Los agentes de policía deben permanecer vigilantes durante todo el tiempo que reciben su salario; deben comportarse con tolerancia y cortesía en su trato, explicaciones y en la imposición de multas. Deben aplicar el principio de autoridad delegada, no absoluta.
Los conductores de tranvía y metro deben ser corteses al acercarse y responder a las preguntas; deben respetar los horarios y conducir con sensatez, sin acosar a los peatones ni a los vehículos; deben obedecer las señales y conducir sin sacudidas, aceleraciones ni frenazos, si es posible.
Los trabajadores de mantenimiento de edificios, vehículos y vías públicas deben realizar el mantenimiento preventivo programado e intervenir con prontitud y profesionalidad para finalizar el trabajo a tiempo. Las obras de construcción deben evitar molestias excesivas a los residentes.
Las autoridades públicas, como concejales, alcaldes y parlamentarios, deben reconocer las responsabilidades que les han encomendado los ciudadanos y comprometerse a cumplir sus mandatos lo mejor posible con compromiso, dignidad y celo, respetando la confianza depositada en ellos. Sobre todo, deben ser honestos, negando y oponiéndose a cualquier práctica corrupta, y denunciando incluso los casos más graves. Los alcaldes deben recorrer regularmente sus ciudades para comprender la realidad cotidiana de sus ciudadanos, evitando así vivir una vida desconectada de los problemas reales. Deben establecer oficinas de recepción de quejas y responder con prontitud. El lema debe ser: verificar y actuar. Las escuelas no deben quedar excluidas. Los docentes, además de mantener un comportamiento digno y ético, deben hacer cumplir las normas de buena conducta entre sus alumnos, dándoles ejemplo. Predicar con el ejemplo siempre ha sido la forma más eficaz de educar.
Espero que estas sugerencias nos ayuden a cambiar ciertos comportamientos, ayudando a Milán a recuperar su conciencia, civismo y orgullo cívico. Estudié en Estados Unidos, donde, a pesar de todas las contradicciones y deficiencias, el sentido de pertenencia es profundo: si cada uno de nosotros, en su respectiva posición, cumpliera con deberes sencillos y básicos, ya sería un gran logro. El pasado agosto, mi expareja de cincuenta años murió atropellada por un autobús en la Piazza Wagner de Milán: cruzaba por un paso de peatones con la luz verde. Deja atrás a dos hijas pequeñas. Una tragedia. Una que quizás se podría haber evitado.

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