Intenta preguntarle a una madre equilibrio de las actividades extracurriculares de sus hijosTe recitará una especie de lista de compras. Actividades deportivasDesde natación hasta esgrima, desde esquí hasta fútbol. Música, teatro, danza. Un idioma que aprender, además de las asignaturas básicas del colegio. Y así es, cuanto más tienes, más te esfuerzas. Impulsados por la presión de unos padres agobiados por la ansiedad escénica y atrapados en el embudo del presentismo, los niños excesivamente ocupados tienen horarios peores que los que podrán gestionar en sus carreras: nunca hay un hueco para cultivar la nada, nunca un respiro, un respiro, un momento de abandono fuera del espacio y el tiempo. Y no importa si esta dosis masiva de compromisos acaba alimentando la inseguridad y la ansiedad.
El motor de esta actitud no proviene de los niños, sino de sus padres. Quieren que sus hijos se comprometan al máximo para competir en una sociedad de méritos, de selección rigurosa, de escape a un presente eterno. Y las buenas notas escolares no bastan para construir esta caja de herramientas; requiere un compromiso adicional que, de alguna manera, abarca toda la vida del niño.
No tengo la experiencia necesaria para dar una opinión firme sobre esta actitud generalizada y le ahorraré la cantidad de investigación que implica. Se centran en los riesgos y los residuosMencionaré solo uno, viene de una universidad inglesa, se llama Educación y Sociedad, y se llevó a cabo en una muestra de 50 familias con niños matriculados en escuelas del noroeste de Inglaterra. El 88 por ciento de los niños tenían actividades extracurriculares cinco días a la semana, que se sumaban a tarea para hacer en casa, con al menos dos efectos negativos: una marcada disminución del tiempo familiar conjunto y un deterioro de las relaciones entre padres e hijos.
Abrumados por la cantidad de compromisos que les imponen sus padres, los niños crecen con sacrificios significativos. No comprenden el placer ni el valor de... aburrimientoY al perder esta aptitud en la infancia, les costará mucho recuperarla en la edad adulta, confundiendo la ociosidad y el aburrimiento (con sus virtudes, incluidas las creativas) con la indolencia y la pereza. Con estos padres directivos que tratan a sus hijos como entrenadores de boxeadores en el ring durante los descansos entre asaltos, los niños corren el riesgo de perder el sentido de la infancia. No la disfrutan y absorben demasiado pronto todas las limitaciones de la edad adulta, de una vida que pierde su despreocupación. Aquí también existe el riesgo de una fractura que perdure en el tiempo: al niño demasiado ocupado le costará descubrir la magia de... ligerezaAdemás, la incapacidad de "no hacer nada" puede generar frustración. Los niños pueden empezar a sentirse abrumados por la necesidad de ser siempre productivos y sobresalir en todo. Esto puede generar estrés, ansiedad y baja autoestima, lo que dificulta afrontar los desafíos de la vida diaria.
La falta de tiempo libre, como lo demuestran diversos estudios científicos y la sabiduría de ancianos y pediatras, arrastra a los niños a las arenas movedizas de las prótesis electrónicas: la vida social se vuelve social, sedentaria y con poca atención a la alimentación saludable. Un niño, agobiado y estresado por sus compromisos, suele dormir poco, es más agresivo y tiende a engordar.
El niño abrumado por una avalancha de compromisos, aplastado por una carrera frenética contra el tiempo, como sus padres, tendrá más dificultades para desarrollar la sentido críticoEl motor de un crecimiento que requiere tiempo lento y no el estrés y la prisa diarios. El filósofo Umberto Galimberti en un artículo titulado Ganadores e infelices, que recomiendo a todos los padres, escribe algo importante: un niño ocupado se ve privado del tiempo más preciado: el tiempo para conocerse a sí mismo. Y al respecto cita la advertencia de San Agustín: Volo ut sisTraducido: “Quiero que te conviertas en lo que eres”. ¿Por qué detenerlo?
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