Las salas de espera de las estaciones desaparecieron para dar paso a salones.

O incluso bares, bistrós y restaurantes. El despilfarro habitual: todo se vuelve de pago y lo gratuito desaparece.

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La historia se repite: los servicios gratuitos desaparecen, sustituidos por servicios de pago, que no todos pueden permitirse. Así, las salas de espera han seguido el mismo camino que los bancos, desapareciendo por doquier, tanto en zonas urbanas como cerca de parques públicos, incluso para dar paso a mesas improvisadas. Pero en el caso de las salas de espera de las estaciones de tren, la desaparición es aún más grave que la de los bancos urbanos , ya que evidencia dos fenómenos: la transformación de las estaciones en enormes centros comerciales, donde ya no hay espacio para nada gratuito, ni siquiera para orinar, y la odiosa discriminación contra los viajeros con menos recursos.

La eliminación de las salas de espera, sobre todo en grandes ciudades como Roma, Milán, Venecia, Bolonia y Florencia, se llevó a cabo principalmente para dar cabida a tiendas, bares y restaurantes. En estas zonas abunda el consumismo, y no hay lugar para relajarse sin gastar una fortuna. El segundo propósito de las antiguas salas de espera de las estaciones fue transformarlas en los famosos salones reservados para los titulares de tarjetas de fidelización (aquellos que gastan miles de euros al año en billetes de tren). Estos espacios, que en esencia fueron financiados, se han ampliado enormemente para garantizar un mayor nivel de servicio a los clientes premium. En los salones más concurridos, como los de Milán y Roma, por ejemplo, se sirve un variado menú durante todo el día: desayuno, almuerzo y cena.

¿Y quién no tiene la famosa "tarjeta oro" o "tarjeta platino"? Se las arreglan como pueden. Se quedan de pie en algún sitio, caminan hasta el andén (a menudo con frío) o pagan una copa en el bar.

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Entre las víctimas de este sistema nefasto se encuentran, ante todo, los usuarios habituales del transporte público, ya de por sí perjudicados por los enormes retrasos que suelen sufrir sus trenes. Ellos, que viajan en trenes regionales y locales, eran de los principales usuarios de las salas de espera de las estaciones. Y era fácil penalizarlos, dado que las líneas ferroviarias que utilizan suelen estar saturadas.

La sala de espera en una estación de tren es importante no por nostalgia, sino porque resuelve un problema muy real: la gente tiene que esperar en un lugar público que suele estar expuesto a las inclemencias del tiempo . Lluvia, calor extremo, frío, viento: los retrasos en los trenes hacen que sea habitual tener que esperar entre 20 y 60 minutos (o más), y una sala de espera ofrece un lugar cubierto, con asientos y protegido , especialmente útil para quienes viajan con equipaje.

Para muchas personas, no es algo insignificante: los ancianos, las personas con discapacidad y las familias con niños pequeños. Para ellos, estar de pie en una acera o en un vestíbulo abarrotado puede resultar agotador o incluso problemático.

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